sábado, 15 de octubre de 2016

Breve reflexión: Del concepto a la acción. El fin último de la calidad: el estudiante.



Los avances tecnológicos, las nuevas dinámicas sociales, la globalización de la economía, los nuevos roles que asume el Estado en materia de educación y las nuevas exigencias del mercado laboral son algunos de los principales factores que configuran un entorno diferente para la sociedad en general y para la educación superior en particular. En este contexto aparece la necesidad de adaptación y la generación de estrategias que permitan una uniformidad de criterios que ayuden a definir prácticas eficientes, procesos efectivos y espacios de aprendizaje de alto estándar. Así surge el aseguramiento de la calidad educativa.

La naturaleza multidimensional del concepto de calidad (Vargas, 2001) obliga a revisar y buscar un ángulo desde el cual entenderla. Harvey y Green citados por Olaskoaga (2015) proponen cuatro formas distintas de entender la calidad: como perfección, exclusividad, intercambio de recursos y proceso de transformación. Sin embargo, cada uno de estos conceptos según Ansin (Olaskoaga, 2015) responden a la necesidad de satisfacer un grupo o aspecto determinado de la realidad en la que la educación superior se desenvuelve; es decir, responder a  determinados grupos de interés relacioandos directa o indirectamente con las instituciones educativas. Es en este sentido que el CINDA (1993) propone una definición de calidad que presenta una mirada global de la calidad donde los diferentes aspectos que construyen la estructura organizacional de la universidad contemporánea son defendidos y puestos a prueba en este proceso continuo de mejoramiento. Orodika y Lloyd (2014) buscan entender las dinámicas de poder que articulan las prácticas dentro de las instituciones de educación superior. Por lo tanto, se hace necesario reconocer de qué manera estas dos grandes influencias (la sociedad y el mercado) hacen posible dos miradas completamente opuestas respecto a la práctica y desarrollo educativo en la universidad. Así se van a producir consecuencias en los ámbitos académicos, de gobierno y de investigación. El conflicto entre universidad como bien social y como producto del mercado (Orodorika, 2014) reponde a dinámicas como la glogalización, el proceso de dominio de las tecnologías de la información y de la comunicación, la despolitización de la universidad como institución, el retiro del Estado y su repercusión en los procesos educativos en general, etc. Este dilema afecta de manera directa al principal receptor y articulador de este sistema: el alumno. ¿Dónde queda la posición del alumno como sujeto que aprende? ¿Hasta qué punto la labor del docente se involucra en esta dinámica?

Oscar Mas (2012) propone que la formación del profesorado debe desarrollar las competencias pedagógicas, la innovación y las labores de gestión necesarias para que aseguren el perfeccionamiento de la calidad del aprendizaje de los alumnos. Es importante recalcar que el concepto de calidad va a depender de la filosofía de la institución, de la forma cómo estructure su relación con los grupos de interés y de la gran opción de definir la educación como bien social o como bien de mercado. Pero sea cual sea el enfoque, es fundamental entender, como afirma Más (2001), que “volver a pensar la Universidad significa reconceptualizar el papel del profesorado, de los estudiantes, de la enseñanza-aprendizaje, de la investigación, del gobierno y la gestión”. La mirada humana es fundamental para comprender los procesos de mejora desde su base, presentando el fin último de la práctica académica: el aprendizaje del alumno.


REFERENCIAS:

Fernández, N. (2015). La educación superior en América Latina. Aportes para la     construcción de una nueva agenda. Debate Universitario, 1(1), 1-29. Recuperado de:  http://portalreviscien.uai.edu.ar/ojs/index.php/debate- universitario/article/view/62 

Más, O. (2012). Las competencias del docente universitario: la percepción del alumno, de los expertos y del propio protagonista. Revista de Docencia Universitaria 10(2). 299-318. Recuperado de: http: //redaberta. usc. es/redu
Ordorika, I. y Lloyd, M. (2014) Teorías críticas del estado y la disputa por la educación superior en la era de la globalización. Perfiles Educativos 36 (145), 122-139.  Recuperado de: http://dx.doi.org/10.1016/S0185-2698(14)70641-5
 
Olaskoaga, J., Marúm, E., y Partida, M. (2015). La diversidad semántica y el carácter político de las nociones de calidad en la educación superior de México. Revista de la educación superior, 44(173), 85-102. Recuperado de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S 0185-27602015000100004&lng=es&tlng=es

Rojas, A. y  SORIA, G. (2016). Reflexiones acerca de la profesionalización docente en función de la calidad de los procesos universitarios, en la Universidad Metropolitana del Ecuador. Universidad y Sociedad, 8(2), 196-201. Recuperado de: http://rus.ucf.edu.cu/index.php/rus/article/view/700


Vega, A. (2001).  Educación superior de calidad para el siglo XXI. Revista Educación, 25(01), 9-17. Recuperado de: http://www.redalyc.org/pdf/440/44002502.pdf

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